Llega el momento en el que estamos sentados, viendo pasar el tiempo entre nuestros dedos. Tal vez sea hora de pasar a otra postura. Ahora estamos en horizontal, el césped bajo nuestros cuerpos, sintiendo la humedad del rocío y con la única visión de nuestro pasado.
Tú cierras los ojos y yo me pongo a recordar. Tú ya duermes.
Y por el cielo pasó un gorrión rojo, que cada vez se acercaba más a mi, y yo me agarré a tu pecho por temor a que me tragara. Que ese gorrión se transformó en un tigre, que me decía "elige" pero no me daba opciones.
Me desconcertó de verdad, pero mientras yo sigo acariciando tu pecho mientras rozo con las yemas de los dedos el recién cortado césped. ¿Qué más pedir en ese momento?
Yo quería que ese momento fuera para siempre, y quería que tú fueras para siempre, no como ese gorrión que abandona su nido. Tú nunca debías abandonarme. Nunca.
Empiezo a sudar, las gotas caen sobre mis ojos y me nublan la vista. Pero en mi mente solo existes tú.
Abandono la horizontalidad para sentarme encima tuya, y mientras duermes, te robo un beso. Pero no es suficiente, por muchos besos, por mucho que hagamos, nunca sería eterno. No habría un beso que durara diez años, ni un polvo que fuera infinito, ni una caricia que me rodeara hasta la muerte. No.
Sin previo aviso, rompo a llorar. Eso te hace abrir los ojos, pero ya es demasiado tarde.
Llega ese momento en que la cordura te abandona.
Me abalanzo sobre ti, empiezo a morderte con fuerza, quiero que sufras, quiero que grites que me quieres, pero quiero que te duela como a mi. Cada vez aprieto más mis dientes contra tu cuello. ¡GRITA, DILO! ¡DI QUE SOY LO ÚNICO PARA TI!
Empiezo a notar el tibio sabor de tu sangre en mi boca, pero no es suficiente, sólo preguntas que qué cojones estoy haciendo, no es eso lo que quiero. Sabes que me amas, dímelo. ¿O es que acaso hay otras? Ese simple pensamiento me ciega, me nubla.
Mis dientes se llevan consigo un trozo de ti, y sabes mejor de lo que imaginaba.
Mi puño se abalanza hacia tu cara en repetidas ocasiones, empiezo a notar la sangre en mis nudillos, pero no importa, solo tengo que lamer mi mano. Tus gritos de ayuda suenan en mi cabeza y lloro más fuerte, pero rompo en carcajadas. Tengo que acabar contigo, porque te quiero demasiado, y eres demasiado grande para mi. Me quedas enorme.
Eres como ese vestido que siempre quise tener, pero es muy caro, y cuando lo tienes, no te lo pones por miedo a romperlo. Sólo que tú me rompes, en millones de pedazos, me destrozas, me despedazas, porque te quiero. Y tú debes sentir lo mismo que yo, porque sufrir solo yo es demasiado egoísta.
Empiezo a arañarte, la piel se acumula en mis uñas. Cojo una piedra y empiezo a golpearte. No hay piedad, sólo quiero que me entiendas. Que lo sientas.
Apenas puedes respirar. Con las fuerzas que me quedan te cojo del cuello. Aprieto. Intentas zafarte, pero no puedes. Hoy yo soy la grande, gigante, y tu eres el ser indefenso que siempre soy yo.
Tu respiración se para, pero todavía seguías caliente. Me levanto, te pataleo, te rompo, te mato... Tu sangre está impregnada en mi ropa, tu piel entre mis uñas y tu pelo entre mis dedos.
Entonces vuelvo en mi, ¿qué he hecho? Acabo de matar mi vida, mi futuro, mi presente y mi pasado. Me he suicidado. Pero esto tenía que ser para siempre, y para siempre no tiene final.
Miro a mi alrededor. Y lo veo.
Antes de morir miro abajo, mi cuello chorrea sangre, tiemblo, doy un ligero suspiro.
He muerto. Y tú conmigo.
Dime ahora, cariño, si esto no es el amor del que todo el mundo habla.