Augusto, tenía 43 años, aun que su pelo ya estaba completo de canas. Cada arruga prematura de su piel contaba una historia. Su fruncimiento de ceño continuo delataba su hastío de vivir. Pero las patas de gallo al sonreír me dicen que todavía se siente un niño.
Augusto creció en la marginación, jamás nadie le hizo caso. Él trataba de gritar que se sentía solo, pero los gritos eran silenciados entre burlas. Cada vez que intentaba levantarse, alguien más grande que él le volvía a tirar, le machacaba, le destruía. Pero él nunca se rindió, y consiguió hacerse grande, tan grande, que ni mil personas podían derrumbarle.
Pero seguía sintiéndose solo, sólo era un niño y necesitaba un compañero de juegos. Y conoció a su único amigo, él llego a quererlo, llegó a amarlo, pero no ese amor mancillado del que las parejas hablan. Para él su amigo fue toda su vida. Pero su amigo un día se fue a otro lugar, lejos de él, y Augusto volvió a estar solo.
Augusto escuchaba día tras día a niños reír, a niños jugar, y él preguntaba, ¿por qué yo no? pero nadie respondía, y Augusto lloraba, solo, como siempre. Augusto aguantó años y años de críticas destructivas, Augusto se odió, Augusto deseaba acabar con todo, pero pensaba que no merecía la pena lo suficiente como para tan si quiera que alguien llorara por su fin. Augusto no amaba la vida.
Augusto empezó el instituto. "Vida nueva" pensó, pero todo siguió su cauce. Augusto se avergonzaba de si mismo, sentía miedo de salir a la calle. Augusto suspendía a pesar de su inteligencia. Pero Augusto descubrió algo, que en parte, hizo mejorar su vida. Augusto descubrió la risa, algo gratificante. Descubrió el placer de reír y el hacer reír. Descubrió su auténtico escudo, contra todo, contra todos, para todos.
Augusto cada día se debatía entre lágrimas y risas. Las cicatrices del presente dolían casi más que las del futuro, pero ahora Augusto sabía que era fuerte. Pasó un año más, y la situación no cambió. Eran los compañeros, pero esta vez, no todos. Augusto, con la risa, consiguió acercarse a la gente. Pero Augusto aún no terminó de encontrar su auténtico escudo. Su amigo lejano, al que tanto añoraba, le hizo un regalo, puede que el más valioso de su vida, que adjuntaba una nota "Por cada lágrima, una nota. Por cada risa, una melodía. Por cada recuerdo, una canción". Tal vez haya sido el descubrimiento que cambió su vida, pero a partir de ahí Augusto se interesó por la cultura en general. Devoraba libros, de todas las temáticas, poesía, teatro, novela, ensayo.. Él siempre quiso más.
Pero Augusto seguí solo. No tenía amigos, al menos cerca no. Cada día era un infierno, rodeado de subnormales que le hacían la vida imposible. Empezó a plasmar sus sentimientos escribiendo. Primero una palabra, luego una frase, luego un párrafo...
Termino el instituto y, a pesar de lo que mucha gente pensó, se llevó grandes amigos, amigos que ahora, en su madurez, todavía no ha olvidado. Amigos por los que dio todo, y los cuales lo dieron todo por él. Esos amigos le salvaron del odio, le salvaron de la locura, le salvaron de él mismo.
Pero para él, para Augusto, no había salvación completa. En su interior él sabía que era un monstruo. Los fantasmas de su pasado no hacían más que distorsionar su presente y su futuro. El pesimismo se adueñaba de él los días grises... Pero él ya no pedía ayuda. Su experiencia le decía que pedir ayuda era de débiles, que debía salir él mismo adelante. Que nadie podría ayudarle. Él quería de verdad gritar que no puede más, gritar que todavía la soledad viene a visitarle por las noches, gritar que echa de menos enormemente a su amigo, gritar que él solo quiere ser un niño más, aun que tenga la edad que tiene.
Augusto sólo quiere un abrazo.
Augusto sólo quiere un te quiero de verdad.
Augusto sólo quiere calmarse.
Augusto sólo quiere aprender a vivir.
Augusto tiene 43 años, aun que su pelo ya estaba completo de canas. Y él solo sueña con algún día conseguir ser un niño.